Cristo se detuvo en Éboli

Es maravilloso cuando lo que lees le da un sentido a lo que vives. 

Cuando descubrí a Carlo Levi, me encontraba en un profundo viaje: la construcción de mi árbol genealógico. 

Entonces, él apareció para mostrarme, de la manera más franca posible, la realidad de la Italia del sur, que había conocido como preso político por sus ideas antifascistas. 

Cristo se detuvo en Éboli fue la carta de presentación con la cual Levi apareció ante mí, cuando yo estaba en plena investigación.

Más adelante, conocí las tierras descriptas en el libro y caminé sobre ellas, me acerqué aún más a su historia y a su gente. En ese momento, me di cuenta de que la honestidad literaria de Levi me había calado hondo. Todo lo que me había contado en su novela autobiográfica sobre esa Italia detenida fue para mí un espejo. 

Cristo se detuvo realmente en Éboli, allí donde la carretera y el tren abandonan la costa de Salerno y el mar para internarse en las desoladas tierras de Lucania. Cristo nunca llegó aquí, ni llegó el tiempo, ni el alma individual, ni la esperanza, ni la relación entre causas y efectos, ni la razón, ni la historia. Cristo no llegó, como no llegaron los romanos, que solo seguían los grandes caminos y no penetraban en los montes ni en las selvas, ni los griegos, que florecían en los mares de Metaponto y Sibari; ninguno de los intrépidos hombres de occidente trajo a esta tierra el sentido del tiempo que transcurre, ni la teocracia estatal, ni esa eterna actividad que se nutre de sí misma. Nadie ha llegado a estas tierras sino como conquistador, o como enemigo, o como visitante incomprensivo.

Así llegué yo a aquellos lejanos paisajes, como una visitante incomprensiva que necesitaba transitar por sí misma sus empedradas montañas y remover el polvo estancado, para comprobar si debajo de tanta sequedad podía brotar una flor.

Reafirmo, es maravilloso cuando lo que lees le da un sentido a lo que vives. Más aún cuando se trata de un libro que, más que colgar en tu árbol, queda colgado en tu corazón.


Foto: edición de 1957, editorial Losada, restaurada por Marta Ávila, que atesoro en mi biblioteca.

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